
Por Rosalba D’Elia | NVQ
El decreto del gobernador Mauricio Kuri para restringir en espacios públicos los géneros musicales que glorifiquen la violencia ya tiene eco: los 18 municipios del estado se sumarán, según confirmó el secretario de Gobierno, Eric Gudiño. Y en Querétaro capital, el alcalde “Felifer” Macías ya afina reformas para blindar los espectáculos.
La idea suena fuerte y, sobre todo, políticamente correcta: “aquí no entrará la cultura de enaltecer el crimen”. Pero la pregunta incómoda es: ¿no estaremos atacando solo la superficie? 🤔 Porque sí, es cierto, la música influye, pero los jóvenes también están expuestos a otros escenarios de violencia: las redes, los entornos inseguros, la falta de oportunidades. Silenciar canciones puede dar la impresión de control, pero no resuelve la raíz del problema.
Detrás de cada “corridazo” hay un chavo que lo escucha quizá porque no encuentra referentes distintos. Detrás de cada feria donde antes sonaban estas letras, hay familias que buscan entretenimiento, pero también espacios de convivencia más seguros. Si el decreto abre el debate, que no se quede en “callar bocinas”: que sea el inicio de políticas reales que atiendan las causas de la violencia, que acerquen arte, deporte, educación y cultura viva a nuestras colonias.
El riesgo de celebrar esta medida como “gran logro” es quedarnos con la ilusión de que tapando oídos se soluciona lo que se vive en las calles. Querétaro merece políticas profundas, no solo silencios cómodos. La música puede cambiarse en un escenario, pero la armonía social se construye con acciones constantes. Y ahí está el verdadero reto.

