Por Rosalba D’Elia | NVQ

El primer informe de la alcaldesa Astrid Ortega en Cadereyta no fue solo un ejercicio de rendición de cuentas: fue una radiografía de cómo se gobierna con honestidad, austeridad y rumbo claro. En un año, su administración logró lo que parecía improbable: poner orden en el desorden administrativo heredado y demostrar que el ahorro bien dirigido se convierte en oportunidades reales para la gente.

Los números hablan. En combustibles, el municipio ahorró 14 millones de pesos; en recaudación, logró 2 millones más que el año anterior a pesar de que aún faltan tres meses para cerrar el ciclo fiscal. Y en comunicación social, donde antes se gastaban 2.3 millones de pesos, hoy solo se invierten 500 mil, porque —en palabras de Ortega— “este gobierno no paga para que hablen bien de una servidora”.

Pero no se trata solo de finanzas. La formación de cuerpos de seguridad y las capacitaciones se duplicaron; se creó una estrategia inédita con programas como Mujer Raíz (alfabetización en casas con INEA), Mujer Salud (atención preventiva en medicina) y Mujer Emprende, que abre camino para la autonomía económica de más mujeres. Todo esto con una visión clara: que los grupos prioritarios dejen de ser “mal llamados vulnerables” y se conviertan en protagonistas de la transformación social.

El deporte, entendido como herramienta de transformación y no como lujo, también fue impulsado. Y mientras tanto, un dato revela el impacto tangible: 61% de las promesas de campaña ya están cumplidas. No es casualidad que testimonios ciudadanos marcaran el informe; porque la gente mide con hechos, no con discursos.

La reflexión es clara: otro mundo es posible si se gobierna con paciencia, determinación y pasión. Queda mucho por hacer en servicios básicos y en coordinación con el gobierno estatal, pero Cadereyta ya no es la misma. El llamado es a seguir construyendo desde la raíz, con la gente al centro y con un gobierno que demuestra que sí se puede gobernar con decencia.