
El reciente enfrentamiento entre artesanos indígenas e inspectores municipales volvió a poner en evidencia una realidad que Querétaro ha postergado por años: la convivencia entre la tradición que da identidad y el orden que exige una ciudad que crece aceleradamente. Tras el choque, el alcalde Felipe Fernando “Felifer” Macías confirmó la baja de un inspector, denuncias ante la Fiscalía por agresiones a cinco servidores públicos —uno con fractura de nariz— y un mensaje claro: ninguna expresión de violencia será permitida, venga de donde venga.
Pero detrás del incidente hay datos que ayudan a dimensionar el debate. Más de 200 artesanos hoy operan en un esquema formal; cuentan con apoyos económicos y espacios regulados para vender. Sin embargo, un pequeño grupo mantiene su rechazo al proceso de regularización, aun con la existencia de mesas de diálogo abiertas. El municipio sostiene que el ordenamiento del espacio público forma parte del Plan Orden, política respaldada por residentes, comerciantes establecidos y artesanos que sí aceptaron formalizarse. La queja recurrente: la competencia desleal.
Aquí ocurre algo que no siempre queremos reconocer: el Centro Histórico es un territorio emocional, donde cada actor siente que tiene un derecho legítimo. Pero también es un espacio regulado, y su equilibrio exige reglas claras, vigilancia efectiva y servidores públicos que actúen sin excesos —eso también toca decirlo—, además de comerciantes que acepten que la formalidad protege a todos. La reflexión incómoda es que Querétaro está aprendiendo, con golpes y tensiones, a convivir con su propia diversidad.
Si algo deja esta escena es la urgencia de una conversación ciudadana menos reactiva y más informada. Es momento de mirar los datos, entender los procesos y observar cómo se construyen los acuerdos. Mantener vivo el Centro Histórico implica orden, sí, pero también sensibilidad y escucha. La pregunta abierta es simple y profunda: qué Centro Histórico queremos y cómo lo vamos a construir entre todas y todos.

