
Desde el corazón del Centro Histórico de Querétaro, donde durante más de tres décadas han sostenido su actividad, artesanos indígenas levantan la voz frente al reordenamiento impulsado por la administración municipal. En entrevista para Nuestra Voz Querétaro, Gustavo Romero y Ana María Alcalá aseguran que, desde 1990, han sido parte activa de la economía y la identidad cultural de la ciudad, pero hoy se sienten desplazados bajo un discurso de orden que no los incluye.
Señalan que han sido etiquetados como un problema cuando, en realidad, consideran que son un símbolo vivo de tradición. Acusan que se les utiliza como distractor en momentos de crisis política, mientras enfrentan decisiones que los colocan, dicen, como ciudadanos de tercera. “No somos ambulantaje sin identidad, somos cultura que se vende y se vive”, sostienen, al tiempo que cuestionan la narrativa oficial.
Aunque reconocen que su reubicación al Teatro Rosalío Solano representa mejores condiciones físicas para su trabajo, advierten que el espacio no genera flujo de visitantes ni ventas suficientes. Antes, en Venustiano Carranza, tenían contacto directo con el público; hoy, aseguran, están en un lugar digno pero vacío. La pregunta de fondo no es solo dónde venden, sino si realmente hay una política pública que entienda el valor económico y cultural de su trabajo.

