Por Rosalba D’Elia

Hay algo que me ha llamado profundamente la atención después de la Marcha del Orgullo en Querétaro.

No el bloque negro. No los vidrios. No las pintas.

Me llama la atención la velocidad con la que algunos intentaron cambiar la conversación.

Porque resulta fascinante cómo, cuando una causa incomoda, siempre aparece una excusa para dejar de hablar de ella.

Y esta vez la excusa fue el vandalismo.

Como si unas cuantas imágenes fueran suficientes para borrar una década de lucha.

Porque esa es la parte que parece que algunos quieren olvidar.

Esta marcha no nació ayer. No es una moda. No es una ocurrencia.

Son diez años. Diez años de personas saliendo a las calles para reclamar algo que jamás debió estar en discusión: su derecho a existir sin miedo. Su derecho a ser.

Y aquí es donde me parece importante fijar una posición.

Porque acompañar una causa no siempre significa marchar.

Acompañar una causa tampoco significa estar de acuerdo con cada acción que ocurre alrededor de ella.

Pero sí implica tener la honestidad intelectual de distinguir entre un acto aislado y el fondo del reclamo. Y el fondo del reclamo sigue siendo el mismo.

Justicia. Respeto. Reconocimiento. El fin de los discursos de odio. El derecho a vivir sin ser señalados.

Porque detrás de cada bandera multicolor hay una historia. Hay personas que crecieron sintiéndose distintas.

Niños y niñas que desde muy temprano supieron que algo en ellos no encajaba con las expectativas de los demás. Personas que no tuvieron únicamente que atravesar la complejidad normal de la adolescencia.

Tuvieron que sobrevivir al rechazo. Al silencio. A la incomprensión. A la burla. Al miedo. Y muchas veces al abandono.

Mientras otros buscaban descubrir quiénes eran, ellos intentaban descubrir si podían ser quienes eran.

Por eso hablan de orgullo.

Y creo que mucha gente todavía no entiende esa palabra.

No es orgullo por una preferencia. No es orgullo por una etiqueta. Es orgullo por haber sobrevivido.

Por seguir aquí.

Por existir en un mundo que durante demasiado tiempo les dijo que estaban equivocados.

Y todavía hoy se los sigue diciendo. Porque en pleno 2026 seguimos viendo campañas de desinformación. Seguimos escuchando discursos que buscan presentar derechos humanos como amenazas.

Seguimos observando a grupos de poder que se sienten moralmente superiores y que pretenden decidir qué identidades son válidas y cuáles no.

Todo bajo argumentos que se desmoronan con una simple pregunta: ¿Quién está atacando realmente a las familias?

Porque las familias no necesitan ser defendidas de las personas LGBT+.

Las familias necesitan ser defendidas de la violencia. De la pobreza. De la ausencia. Del abandono. Del odio.

Las familias se construyen desde el amor. Desde el respeto. Desde la comprensión. No desde la exclusión.

Y me parece profundamente contradictorio escuchar discursos que hablan de valores mientras niegan humanidad.

Porque si algo tienen en común prácticamente todas las tradiciones espirituales y religiosas del mundo es una idea muy sencilla:

El amor.

Un Dios justo no excluye. Un Dios de amor no discrimina. Un Dios de amor no convierte la diferencia en pecado ni la identidad en condena.

Por eso preocupa tanto cuando algunos sectores intentan reducir toda una lucha de derechos humanos a una discusión sobre daños materiales.

Porque los vidrios se reemplazan. Las puertas se reparan. Las paredes se pintan.

Pero las heridas provocadas por décadas de discriminación tardan generaciones en sanar.

Y esa es la conversación que no deberíamos perder de vista.

Diez años después, la Marcha del Orgullo en Querétaro no es más pequeña. Es más grande. Más visible. Más diversa. Más fuerte.

Porque cada año se suman más personas. Y eso nos dice algo importante.

Que la sociedad está cambiando.
Aunque a algunos les incomode.

Porque antes que parecer. Antes que convencer. Antes que encajar. Ellos son.

Son ciudadanos.

Son queretanos.

Son mexicanos.

Son personas.

Exactamente iguales en dignidad y derechos que cualquiera de nosotros.

Y mientras haya quienes intenten negarles ese lugar, seguirán saliendo a las calles para recordarlo.

Y tienen todo el derecho de hacerlo.