Hay historias que no se cuentan con palabras, sino con raíces. La del vino queretano tiene nombre y apellido: Francisco Domènech. Un exiliado que no sólo encontró refugio en Querétaro, sino que le devolvió a esta tierra un destino: ser cuna de vino, cultura y orgullo.

Este fin de semana, en el restaurante ORIGENS, se vivió algo más que un evento: se celebró la semilla de un legado. Con música de jazz, arte, vino y palabra, se rindió homenaje a este pionero de la vitivinicultura en San Juan del Río, fundador de Cavas de San Juan, con la exposición “Un hidalgo del vino queretano”, una muestra que honra no sólo su obra, sino su alma.

Y no fue casualidad. El homenaje llega en un momento clave: Querétaro acaba de obtener el distintivo de Indicación Geográfica Protegida (IGP) para su vino, lo que lo posiciona como un producto de origen y calidad reconocida a nivel internacional. Esta medalla no la otorga un gobierno, sino la historia, la tierra y el trabajo conjunto de generaciones que han apostado por hacer del campo queretano, un arte líquido.

Gino Parrodi, líder del Clúster Vitivinícola, lo dijo claro: “esta noche une a los pioneros con las nuevas generaciones”. Porque sí: lo que Domènech sembró no fue sólo uva, fue identidad. Hoy, el vino queretano ya no es promesa, es presencia. Es comunidad, es industria, es cultura viva. Y en cada copa que brindamos, hay un poco de historia, de resistencia, de migración, de familia, de amor por esta tierra.

Francisco no vino a fundar una bodega. Vino a fundar un sueño.