
Por Rosalba D’Elia | NVQ
Arrancó la glosa del IV Informe del Ejecutivo e inmediatamente la sede del Poder Legislativo se llenó de expectativas y discursos. Funcionarios estatales comparecen ante diputados con 20 minutos para exponer sus logros, gráficos, cifras, promesas y respuestas a las preguntas que surgen de la sociedad. Este rito institucional sirve para algo más que legitimarse: presenta la oportunidad de contrastar lo que se dice con lo que se vive.
La secretaria de Educación, Martha Elena Soto Obregón, fue una de las primeras en subir al estrado. Sus datos impresionan: Querétaro ha sido ubicado en el segundo lugar nacional en escolaridad promedio, con la población estatal alcanzando hasta el quinto semestre de bachillerato —muy por encima de la media nacional—. También enfatizó una reducción del rezago educativo de 3.1 puntos porcentuales, lo que ubicó al estado del lugar 15 al 9 en cuanto a menor rezago. 
El presupuesto educativo también creció: por cuarto año consecutivo se incrementó un 13 % la asignación a la UAQ y, por primera vez con el mismo porcentaje, se elevó el financiamiento de universidades tecnológicas y politécnicas. Además, Querétaro aspira a integrarse al “top 3 nacional en permanencia” en educación superior y ya figura en el top 10 latinoamericano en indicadores STEM. 
Pero los focos también alumbran áreas de sombra que no caben en los discursos bien hilados: hay plazas vacantes en educación básica, déficit de personal en escuelas rurales y escuelas con planteles saturados.  Las obras se multiplican, se entregan aulas Google, pantallas interactivas, paquetes tecnológicos y mobiliario, incluso antenas de internet satelital para telebachilleratos. El reto es: ¿lograrán estas inversiones cerrar la brecha educativa en municipios marginados, con población indígena, con escasos recursos?
Esta etapa de comparecencias es más que un desfile de titulares: es una prueba pública para que los funcionarios respondan, expliquen y se comprometan. El ciudadano exige que estos discursos no sean guiones pulidos para tribunas, sino contratos con la realidad.
La invitación es clara: no basta con que nos digan lo que hicieron; queremos ver que la educación llegue de verdad, que la cultura no sea un lujo, que las promesas bajen a las aulas y comunidades olvidadas. El poder se legitima cuando responde con justicia, no solo con cifras.

