
Por Rosalba D’Elia | NVQ
Querétaro cerró el año con una mezcla compleja en materia de seguridad: por un lado, las cifras oficiales y los balances de las autoridades muestran tendencias positivas en algunos indicadores, mientras que por otro la percepción ciudadana y ciertos delitos puntuales mantienen vivos los focos de alerta. Esta dualidad invita a una lectura ciudadana y a repensar qué tipo de seguridad queremos y cómo podemos construirla colectivamente.
Los datos oficiales reflejaron avances en la incidencia delictiva. Las cifras del Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública indican que el estado redujo su tasa general de delitos en comparación con años anteriores, con una caída muy significativa en homicidios dolosos y patrimoniales violentos en diversos periodos del año. Querétaro se mantuvo entre los estados con menor número de homicidios intencionales a nivel nacional, ubicándose en el top diez de menor violencia letal —un dato que, cuando se compara con otros territorios más golpeados por la violencia en el país, muestra una realidad distinta a la percepción de inseguridad que a veces se vive en las calles o en redes sociales.
También fue destacada la disminución de delitos en la capital queretana, con una baja en delitos patrimoniales y un despliegue operativo que incluyó miles de operativos, detenciones y recuperación de vehículos reportados como robados. El uso de tecnología para la vigilancia urbana y herramientas como cámaras de seguridad y botones de asistencia también formaron parte de las estrategias locales para prevenir hechos delictivos.
Sin embargo, más allá de las cifras globales, determinadas modalidades delictivas como el robo a negocios presentaron incrementos importantes, con crecimientos de casi un 30% en los primeros nueve meses del año, lo que afecta directamente a la economía familiar y al tejido comercial local. También persistieron delitos contra la propiedad, violencia familiar y agresiones a la integridad física, que mantienen a muchas personas en alerta y con una sensación de vulnerabilidad cotidiana.
La percepción de inseguridad no se construye solo con números: la cobertura mediática —y los relatos que circulan en redes sociales y grupos vecinales— a menudo pone el foco en hechos puntuales que impactan emocionalmente, como robos violentos o agresiones graves. Esto puede ampliar la sensación de riesgo, aunque en términos estadísticos la violencia letal sea menor que en otros estados. Este gap entre datos y vivencias nos recuerda que la seguridad no se siente igual desde los reportes oficiales que desde la experiencia diaria de caminar una colonia o dejar a los hijos en la escuela.
La lección de 2025 es que la seguridad pública es un proceso de múltiples capas: requiere no solo de trabajo policial y tecnología, sino de políticas integrales que también atiendan causas profundas como la cohesión social, oportunidades educativas y laborales, bienestar comunitario y prevención desde las escuelas y espacios públicos. La ciudadanía puede aportar mucho: participar en comités vecinales, sistemas de alerta temprana, observar buenas prácticas de reporte de incidentes y exigir transparencia en el ejercicio de recursos destinados a la seguridad, son acciones que calzan con la responsabilidad compartida que demanda el tema.
Este año dejó claridad: las cifras pueden mejorar, pero la percepción ciudadana y la experiencia de vida diaria importan tanto como las estadísticas. Construir entornos seguros depende de quienes viven Querétaro y de cómo se articulan esfuerzos públicos, privados y comunitarios para que la seguridad deje de ser solo un número en un reporte y se convierta en una realidad palpable en cada barrio y en cada calle.

