
Cuando el termómetro marca 45 grados, no hay aprendizaje posible si la escuela se convierte en un horno. En la Sierra de Querétaro, donde el clima es tan bravo como su gente, por fin empiezan a llegar los apoyos que se necesitan desde hace años: ventiladores, aires acondicionados y la promesa de que la educación no se derrita por el calor.
La coordinadora de la USEBEQ, Irene Quintanar, confirmó que ya se han equipado 56 escuelas con sistemas de enfriamiento y para julio serán otras 50. Pero este esfuerzo, hay que decirlo, no es solo del gobierno estatal: también han metido las manos —y bien— los presidentes municipales, quienes no se han limitado al discurso y han ayudado en la instalación directa del equipamiento.
Porque sí: educar también significa cuidar, y más en regiones donde la desigualdad climática se suma a la social. Suspender clases al aire libre fue una medida necesaria, pero lo urgente era actuar en los salones. En tiempos donde los discursos se enfrían rápido, acciones como estas encienden la esperanza de que sí es posible hacer las cosas bien.
Los beneficiarios son claros: niñas, niños, docentes y comunidades que, con estos apoyos, pueden aspirar a algo tan simple y poderoso como estudiar sin deshidratarse. Y eso, en pleno 2025, no debería ser un privilegio, sino un derecho.

