
Por Rosalba D’Elia | NVQ
El proyecto “Batán, Agua Para Todos” se presenta como la solución salvadora al estrés hídrico que vive Querétaro. Y sí, con ingeniería de punta (como membrane bioreactor, ozonización, humedales) y un enfoque de economía circular, promete reciclar hasta 1 800 litros por segundo de agua para surtir a la zona metropolitana.
Pero aquí la clave no es solo ingeniería: es cómo, quiénes y con qué transparencia se construye esa solución. El Consejo Consultivo del Agua ha sido claro: el proyecto debe ser replanteado con base en ocho puntos que incluyen participación ciudadana, responsabilidad técnica y financiera, transparencia, evaluación de riesgos sanitarios y ambientales, y tecnología probada.
Y esto importa. No estamos hablando de una obra menor: se estima una inversión cercana a 2 500 millones de pesos solo para esta etapa, y el costo total podría superar los 35 mil millones en 30 años. Es dinero público y agua para todos, sí, pero también agua que podría no ser segura si no se hace bien.
Además estamos frente a un contexto delicado: Querétaro ocupa uno de los primeros lugares en estrés hídrico en México, y aunque la temporada de lluvias recientes alivió parcialmente la situación, no podemos depender de recurrencias naturales o parches aislados. Con acuíferos sobreexplotados y crecimiento urbano desordenado, lo que urge es un sistema que funcione desde lo técnico, sí, pero también desde lo social y ecológico.
Por eso este decreto de alto impacto necesita más que discursos. Necesita confianza cimentada en participación informada, estudios sólidos, real compromiso público y mecanismos de vigilancia accesibles a la ciudadanía. No sirve presentar un proyecto solo porque suena espectacular; Querétaro merece agua digna, no actos mediáticos. La pregunta que queda en el aire es clara: ¿será este sistema un proyecto bien pensado o una promesa con fisuras?

