El alcalde de Querétaro, Felifer Macías, defendió el espectáculo de pirotecnia realizado por los 300 años de Los Arcos y aseguró que los colectivos animalistas estuvieron enterados desde las mesas de trabajo. Incluso afirmó que no existe registro de afectaciones a animales y calificó la noche como “una gran noche para las familias queretanas”.

El problema es que del otro lado la versión es completamente distinta: colectivos sostienen que se les dijo que el evento de pirotecnia no se llevaría a cabo. Cuando dos narrativas chocan así, el debate deja de ser sobre cohetes y se vuelve sobre confianza pública.

Los datos importan. Diversos estudios veterinarios y organizaciones internacionales han documentado que el ruido de la pirotecnia puede generar estrés agudo en perros, gatos y aves, además de desorientación en fauna urbana. No siempre deja “registro oficial” de muerte o lesión inmediata, porque muchas afectaciones son conductuales, cardíacas o se reflejan horas después. Basar la defensa del evento en “no hubo reporte” es una vara demasiado baja para medir impacto real.

También hay una dimensión política. Si hubo mesas con colectivos y después ellos denuncian engaño, el costo mayor no es el estallido en el cielo, sino la fractura del diálogo ciudadano. Gobernar no es solo organizar eventos vistosos; es construir confianza, especialmente con grupos que participaron en procesos previos de consulta.

Querétaro merece celebraciones, sí. Pero una ciudad moderna no se mide por cuántos fuegos artificiales lanza, sino por qué tan capaz es de celebrar sin dividir, sin minimizar críticas y sin tratar la inconformidad como ruido de fondo. Porque cuando el gobierno presume espectáculo y la ciudadanía reclama verdad, algo ya tronó antes que la pirotecnia.