
Por Rosalba D’Elia | NVQ
Las lluvias en la zona metropolitana de Querétaro dejaron más que encharcamientos: dejaron al descubierto la fragilidad de cientos de familias que, en cuestión de horas, perdieron parte de su patrimonio y su tranquilidad. El gobierno estatal reporta la entrega de 730 despensas, 6,200 paquetes de alimentos, 4,350 botellas de agua, 14,000 costales de arena, 2,000 kits de limpieza y 200 cobijas, además de habilitar tres albergues. La magnitud de los números impresiona, pero la pregunta es inevitable: ¿alcanzará?
En este recuento oficial, se habla de más de 2,600 personas atendidas y 2,200 viviendas afectadas, de las cuales 280 presentan daños mayores. Los datos son duros y muestran una realidad que no cabe en un comunicado: detrás de cada cifra hay un rostro, una casa inundada, un niño que perdió sus útiles escolares, una mujer que ya no sabe cómo limpiar el lodo de su sala. La solidaridad es palpable en brigadas y voluntarios, pero también lo es la angustia de quienes ven cómo el clima puede borrar en horas lo construido con años de esfuerzo.
Los trabajos de desazolve y restablecimiento de agua potable son urgentes, sí, pero la lección es más profunda: Querétaro necesita una planeación seria frente a fenómenos que ya no son “atípicos”, sino recurrentes. Hoy son Menchaca, Carrillo Puerto o Santa María Magdalena; mañana, cualquier otra colonia. La infraestructura pluvial no puede seguirse parchando como un neumático ponchado; requiere inversión, prevención y visión a largo plazo.
La emergencia mostró que la coordinación entre niveles de gobierno y sociedad civil puede dar resultados. Sin embargo, la verdadera medida del éxito no está en las despensas repartidas, sino en la capacidad de reconstruir confianza. La reflexión queda sobre la mesa: ¿seguiremos reaccionando a cada tormenta como si fuera la primera, o aprenderemos a construir un Querétaro preparado, seguro y digno para todos?

