
Durante años, hablar de salud mental se limitó al bienestar emocional o a la necesidad de “sentirse bien”. Hoy la conversación cambió. La ansiedad, el estrés y el agotamiento emocional ya no son solo un asunto personal: se están convirtiendo en un problema económico, laboral y social que impacta la productividad, las relaciones y la capacidad de millones de personas para sostener una vida estable.
El estudio global The Value of Mental Health, elaborado por Zurich Insurance Group, advierte que una persona que vive con una condición de salud mental puede perder entre 60 y 67 días de vida saludable al año. Pero el dato más duro es otro: el mayor costo no está en los hospitales ni en los presupuestos públicos, sino en las personas que dejan de trabajar, que tienen dificultades para reincorporarse al mercado laboral o que nunca logran integrarse plenamente.
En México, la situación tampoco es menor. El Instituto Mexicano del Seguro Social estima que los trastornos mentales y del comportamiento representan alrededor del 20% de la carga de enfermedad del país, afectando principalmente a personas jóvenes en etapas clave de desarrollo profesional. La incertidumbre económica, las largas jornadas laborales, la hiperconectividad y la presión por mantenerse vigente en un mercado laboral cada vez más competitivo están cobrando una factura silenciosa.
La NOM-035 ya reconoce que las cargas excesivas de trabajo, los ambientes laborales adversos y la falta de equilibrio entre la vida personal y el empleo pueden detonar riesgos psicosociales. La gran pregunta es si las empresas, las instituciones y la propia sociedad están preparadas para asumir que la salud mental dejó de ser un tema privado. Porque cuando las personas se rompen emocionalmente, también se fractura la productividad, la convivencia y el tejido social.

