El Tren México-Querétaro avanza y nadie discute la importancia de esta obra para la conectividad de la región. Pero una cosa es impulsar infraestructura y otra muy distinta es asumir que, en nombre del progreso, todo está permitido. Este miércoles, el comisariado del ejido San Juan del Río, Manuel Hernández Martínez, acompañado de vecinos de Casa Blanca, denunció presuntas afectaciones ambientales en el Cerro de la Venta.

De acuerdo con los habitantes, una máquina vinculada a los trabajos ferroviarios ingresó aproximadamente 800 metros en la zona y dañó vegetación que, aseguran, incluye nopales, acebuche, palo azul, jacarandas y cactus cordón. También señalaron afectaciones en una calle cercana a la obra y pidieron conocer cómo quedará la vialidad cuando concluyan los trabajos.

Y aquí está el punto que merece respuesta, no gritos: ¿quién autorizó el ingreso de la maquinaria, qué trabajos se realizaron y qué medidas de mitigación están contempladas? No es un asunto de estar a favor o en contra del tren. Es exigir que una obra de esta magnitud respete a las comunidades y al medio ambiente.

El proyecto ferroviario está a cargo de la Sedena y contempla 12 frentes de construcción; el Frente 9 corresponde precisamente a San Juan del Río. El Gobierno federal ha señalado que Semarnat participa en la revisión y mitigación del impacto ambiental. Además, desde mayo ya se había reportado afectación en cerca de dos hectáreas del Cerro de la Venta y acciones de recuperación de vegetación en la zona.

La reflexión es sencilla: el tren puede ser una obra histórica para Querétaro y, precisamente por eso, debe construirse con responsabilidad histórica. Los vecinos no están pidiendo detenerlo. Están pidiendo explicación, reparación y garantías. Y eso, en una obra pública, no debería ser demasiado pedir.