
Durante años, la movilidad en Querétaro fue tratada como un asunto técnico: más carriles, más concreto, más velocidad. Pero la realidad terminó alcanzando al discurso. Accidentes viales, muertes de peatones y ciclistas, caos urbano y una ciudadanía cada vez más organizada empujaron algo que hace apenas unos años parecía improbable: sentar al gobernador frente a colectivos ciudadanos para hablar de movilidad segura y sostenible.
El próximo 14 de mayo, Mauricio Kuri sostendrá un Diálogo Ciudadano con organizaciones y colectivos especializados en movilidad. Y el dato importa por varias razones. Primero, porque no es una reunión improvisada ni un encuentro simbólico: se realizará bajo el mecanismo formal establecido en la Ley de Participación Ciudadana del estado. Segundo, porque asistirán prácticamente todas las áreas involucradas en la toma de decisiones: Gobierno, Obras Públicas, Planeación, la Comisión Estatal de Infraestructura y la Agencia de Movilidad.
Y aquí hay algo que no se puede ignorar: este diálogo no nace de la iniciativa del poder, nace de la presión social. Porque si hoy existe una conversación pública seria sobre movilidad, no fue por voluntad espontánea de los gobiernos. Fue por años de exigencia de colectivos, urbanistas, peatones, ciclistas y familias que entendieron algo fundamental: una ciudad diseñada solo para coches termina expulsando personas.
Querétaro creció aceleradamente durante las últimas dos décadas. Según datos del INEGI, la zona metropolitana ha mantenido uno de los ritmos de expansión urbana más altos del país, mientras el parque vehicular no ha dejado de aumentar. Resultado: más tráfico, más tiempos de traslado y más tensión entre infraestructura y calidad de vida.
La pregunta de fondo ya no es si se necesita una nueva visión de movilidad. Eso está claro. La pregunta es si el gobierno realmente está dispuesto a modificar decisiones, prioridades y modelos urbanos… o si este diálogo terminará siendo solo una fotografía políticamente correcta.
Porque escuchar no siempre significa transformar.
Y ahí está el reto real: demostrar que este ejercicio no es simulación participativa, sino un punto de inflexión en un estado donde la ciudadanía organizada ya dejó de pedir permiso para exigir ciudad.

