
La política en Querétaro entró de lleno a la lógica del algoritmo. Hoy hay funcionarios públicos que aparecen diario en redes sociales supervisando obras, anunciando programas, recorriendo calles, inaugurando eventos o presentando festivales, en una dinámica donde la línea entre comunicación institucional y promoción personal cada vez es más delgada.
El problema no es que comuniquen. Gobernar implica informar. El problema es la sobreexposición. Porque mientras las redes oficiales y perfiles personales se llenan de videos perfectamente producidos, tomas aéreas, música motivacional y mensajes optimistas, pocas veces vemos las reuniones incómodas, las discusiones técnicas o las decisiones difíciles que realmente forman parte del ejercicio de gobierno.
La estrategia además tiene una ventaja política evidente: la ley lo permite. Al utilizar perfiles personales y no pedir explícitamente el voto, muchos funcionarios logran mantenerse en promoción permanente sin caer formalmente en actos anticipados de campaña. Así, la política encontró una nueva fórmula para posicionarse todos los días utilizando estructuras de comunicación, producción audiovisual y presencia digital constante financiadas, directa o indirectamente, desde el ejercicio del poder.
El fenómeno ya tiene nombre: “funcionario influencer”. Una figura donde la narrativa gira alrededor del personaje y no necesariamente de los resultados.
Porque si el objetivo fuera únicamente informar sobre obras, servicios o programas públicos, el funcionario sería lo menos importante del mensaje. Sin embargo, en la mayoría de los contenidos el centro siempre es el mismo: ellos.
Y aunque la estrategia funciona para generar percepción y popularidad, también comienza a generar desgaste. Porque la ciudadanía empieza a preguntarse si la agenda pública se está definiendo por necesidades reales… o por aquello que comunica mejor en redes sociales. Al final, los likes pueden inflar percepción por un tiempo; lo que nunca podrán sustituir, son los resultados.

