La política queretana cruzó una línea peligrosa. Lo que comenzó como confrontación entre oposición y gobierno hoy escala a denuncias de amenazas de ejecución, señalamientos de vigilancia política y acusaciones de campañas negras. El regidor morenista Fernando Flores Pérez denunció haber recibido amenazas directas en su teléfono personal y en líneas oficiales del municipio de Querétaro. Y aunque el caso ya está en manos de la Fiscalía, el silencio institucional alrededor del tema empieza a pesar más que los propios mensajes.

La narrativa es delicada porque exhibe un fenómeno que México conoce demasiado bien: cuando la polarización política deja de ser debate democrático y se convierte en intimidación. Diputados de Morena y del PT aseguran que existe una estrategia sistemática de desgaste contra perfiles incómodos para el poder local. Sobre la mesa pusieron nombres: Claudia Díaz Gayou, Gilberto Herrera, Astrid Ortega y ahora Fernando Flores. Acusan campañas de denostación, presión digital y violencia psicológica derivada de sus posicionamientos sobre auditorías, obra pública y presuntas irregularidades del gobierno estatal y municipal.

Del otro lado, Acción Nacional responde que Morena utiliza la victimización política como “cortina de humo” y recuerda que desde el gobierno federal también se alimenta diariamente la polarización contra opositores, empresarios y periodistas. El PAN defiende que Querétaro sigue siendo un estado de libertades y democracia. Pero el problema ya no está únicamente en quién tiene razón políticamente. El problema es que el clima público comienza a normalizar amenazas, espionaje político y campañas de odio digital como parte cotidiana de la disputa por el poder.

Y ahí está la reflexión incómoda. Cuando un regidor denuncia amenazas de muerte y la conversación pública termina reducida a guerra de narrativas partidistas, todos pierden. Porque el riesgo no es solo para los actores políticos; es para cualquier ciudadano que critique, cuestione o incomode. La democracia no se mide por los discursos sobre libertad de expresión, sino por la capacidad real de disentir sin miedo. Querétaro presume estabilidad, seguridad y gobernabilidad. Precisamente por eso, lo ocurrido debería preocupar más, no menos.